lunes, 12 de junio de 2017

UNA MUJER CON SUERTE

                 Dicen que pocos inmigrantes encuentran la suerte en el país de destino; en cambio yo, me siento una mujer con suerte. Cada mañana, un gallo encerrado en la cajita del despertador, me hace saltar de un sueño profundo a la realidad cotidiana. Bostezo, me restriego los ojos aún semicerrados, recojo mis pocos enseres dispersos por un rincón bajo el puente que hay junto al río: cartones, plásticos… y los escondo bajo un toldo roto que
tiempo atrás arrojaron al agua y pude rescatar para guardar lo acumulado cada día y venderlo a un almacén de reciclado. 

                Me dirijo al Bar Saúl, esperando el desayuno frugal que su dueño me ofrece generosamente desde mi llegada a España hace diez años, procedente de Túnez con la ilusión de tener trabajo y techo, ilusión que se desvanece a diario cuando llamo a alguna puerta. Pero jamás pierdo la sonrisa, esa sonrisa que al dueño del bar parece encantarlo y es lo único que me pide a cambio del desayuno. Yo ya no sé cómo compensar su generosidad;. A  veces me abruma con ella y no tengo más remedio que bajar la cabeza y tomar el manjar casi siempre fuera del local para no importunar. Los clientes son en su mayoría veteranos y me conocen bien. Algunos incluso salen en mi busca si un día me retraso de las 9 de la mañana. Me desean buen día y preguntan cómo estoy, y siempre respondo que maravillosamente bien. ¿Porqué no responder así, cuando ningún dolor me acecha, nadie me molesta, soy libre en la calle sin normas de horarios ni jefes exigiéndome que vista como a ellos les guste;  o que pase miles de documentos del ordenador a un disco, o que limpie x habitaciones en una hora?... Exenta de impuestos, sin personas a mi cargo, cada mañana después de tomar mi suculento desayuno, me digo a mí misma que soy afortunada. 


              Podéis verme en cualquier esquina, en la
parada de autobús,  siempre con la sonrisa en los labios dispuesta a tender mi mano a un anciano que va a subir al vehículo, a una señora cargada de bolsas con compra que no puede con el peso. Para un niño que acaba de caer al suelo lastimándose las rodillas y sangrando, siempre tengo un pañuelo o servilleta con que taponar la herida e impedir el sangrado. Quienes me ven no dejan de sentir lástima, es una lástima, hipócrita y yo lo sé. Porque la imagen que ofrezco no es la mejor:. Me ven siempre con la misma ropa, donada por quienes disponen de más dinero para cambiar su lock cuando se les antoje… 

               Son las cuatro de la tarde, el restaurante El Puchero termina de servir comidas; me apresuro hasta él para ofrecer mis servicios de limpieza a Remedios, su dueña, sin pedir a cambio nada. Pero ella sabe que me necesita, pues las otras dos empleadas son poco eficientes. La señora suele pagarme con un buen menú de dos platos calientes, o un enorme bocadillo que reparto entre comida y cena. Y cuando ya está todo limpito y recogido salgo del restaurante diciendo para mí que soy una gran afortunada. 

                Llegado el anochecer, vuelvo a mi rinconcito frente al puente, saco de un bolsillo el estuche de punto que hice para meter las monedas recogidas a las puertas de las parroquias o teatros, meto la mano, saco un puñado, las cuento minuciosamente…: cinco, diez, treinta… ¡diez euros con noventa y dos céntimos, esas son mis riquezas de hoy, soy una mujer afortunada! –me sigo diciendo-. Me desvisto por completo, cojo la toalla y las chanclas de goma para no clavarme las piedras en los pies, corro a toda velocidad para calentar el cuerpo y estirar las piernas, me sumerjo en el agua helada del río donde al menos me desprendo de los olores desagradables de la sudoración corporal. Cinco minutos bastan para recobrar energía e higiene. Cubro la piel erizada por el frío con la toalla, corro
hasta mi rinconcito, me vuelvo a vestir con ropa limpia, engullo con avidez el trozo de bocadillo sobrante del mediodía, pongo el despertador en hora para las ocho de la mañana, y, pensando en lo afortunada que he sido desde que llegué aquí, me duermo profundamente dando gracias al Ser Supremo que habita en el  Cielo, por seguir viva. 

Autora: María Jesús cañamares Muñoz

sábado, 27 de mayo de 2017

MONÓLOGO EN LA BIBLIOTECA

Un día más me sumerjo entre las estanterías de la biblioteca pública Fermín Caballero de Cuenca para homenajear a los miles de volúmenes que alberga en distintos formatos para satisfacer los gustos y necesidades de sus fieles lectores.  Como forma de homenaje escojo un monólogo que mantengo conmigo misma aunque si alguien me escucha hablar sola, no sentiré ningún pudor. Porque hablar de un
libro es hablar de un amigo, y hablar de un amigo es un orgullo, más aún cuando nos acompaña y comparte  los buenos y malos momentos de nuestra vida.
       Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre; para mí, el mejor amigo es un libro. El discapacitado vive a veces con la apatía y el aburrimiento. Tiene que llenar sus muchas horas de asueto de alguna forma. Pero, en cualquier caso, siempre hay un libro que leer. El libro es nuestro mejor maestro de la vida… Es innegable

Que leyendo siempre salimos más enriquecidos, puesto que nos documentamos. Sobre geografía, si leemos libros de viajes, sobre historia, si versan sobre esta materia, o simplemente sobre la condición humana si escogemos obras
testimoniales o de cualquiera de las relaciones humanas. Leyendo siempre se
aprende algo y nos cultivamos un poco más.

Debo aclarar que debido a mi condición de sordo-ciega, el acceso a la cultura y la información me lo permite siempre un libro en sistema Braille. Los puntos que rodean los dedos de mis manos se convierten en hermosas palabras, éstas en fantásticos paisajes, en buenas y malas gentes que pasan por las páginas del libro como si de un tren se tratase. Mis libros son amor,  odio y cansancio, malestar y bondad, pero sobretodo es una aventura, una especie de Everets que tengo que escalar poco a poco.  Y con el cansancio de haber terminado la lectura de un libro, sin casi darme tiempo a descansar, pongo  las manos sobre otro manojo de puntos, que en palabras vuelven a meterse por los poros de mis dedos, que llegan hasta esa zona de nuestro ser donde las lágrimas, la alegría, las sonrisas se construyen y elaboran. Donde las risas salen a flor de piel.

    Un libro, es un ser vivo, su exterior, las tapas, tienen la suavidad de la piel de una mujer, su interior, Contiene el pensamiento del autor, y lo escrito en él, es el alma, ya que nunca muere, vive en el tiempo infinito.

Durante mucho tiempo hubo dudas sobre la capacidad de lectura de los no videntes y más aún, de los sordo ciegos. Incluso  una revista (Matilda Ziegler Magazine for the Blind) anunciaba en 1907 la publicación de su primer número, perfecto ejemplo de aquella desconfianza Decían textualmente:

“Prescindiremos de muchos poemas y cuentos en los que se alude al sentido de la vista. Tampoco publicaremos alusiones a los claros de luna, los arco-iris, la luz de las estrellas, las nubes o los bellos paisajes, porque solo sirven para acentuar la percepción que tiene el ciego de su aflicción”.

               ¿Aflicción?                ¿Por qué?

Me revelo contra esta idea; me río de quienes piensan que la sordoceguera impide el acceso al universo mental de los que ven y oyen. El silencio y la oscuridad que, según dicen, me encierran, abren mi puerta, de una manera mucho más hospitalaria, a una infinidad de sensaciones que me distraen, me informan y me divierten. Mis tres sentidos restantes y fieles, (tacto,  olfato y  gusto, me guían fielmente en mis excursiones a esa región limítrofe de la experiencia que se encuentra a las puertas de la ciudad de la Luz. Todos tenemos ojos cuando abrimos un libro. Dejamos de lado nuestros problemas, el mundo oscuro donde vivimos, y nos metemos de lleno  en el papel de un personaje. Me pongo en su lugar, veo con sus ojos, escucho con sus oídos, vivo
sus penas o alegrías. Las casas, la gente, las montañas, el mar, las estrellas, las nubes, el arco-iris, todo se presenta ante nuestros ojos, lo imaginamos de una manera parecida al resto de la gente. Por eso es tan importante para nosotros tener los libros a mano.

    La información va del braille a la punta de los dedos, y de ahí a nuestra mente. Un libro, de cualquier índole, es, para mí, una fuente inagotable de conocimientos, a la que estamos invitados todos a beber de ella.
  
     Un libro es cada uno de los infinitos y distintos frutos que proporciona el árbol del bien y del mal que se alza, espléndido, en el mismísimo centro
del paraíso terrenal del conocimiento, plantado, regado, abonado y mantenido por el único y verdadero Dios del saber que adopta nombres y más nombres que vamos archivando en nuestra memoria.
  
    He entrado, sin miedo, en este edén y he sucumbido siempre a la tentación de la maravillosa serpiente de la sabiduría a fin de probar el máximo número posible de los frutos de ese árbol para no hablar por boca ni gusto de otro.

   Por absurdo que parezca, a veces, como lectora enamorada del libro mantengo interminables diálogos con ellos, y hasta los imagino riñéndome porque no los entiendo, riéndose de mí porque lloro con sus historias tristes; o incluso diciéndome con cierta sorna en sus letras:

    -Algunos nos tenéis miedo... Otros, aversión.... muchos, indiferencia... otros gastáis dinero en nosotros, nos vendéis o compráis para llenar armarios enteros y presumir de cultura y luego  nunca entráis en nuestros entresijos.

      Pero, ay de aquellos que, de repente, superando casi el pico más alto del mundo, la fosa más profunda del Pacífico, se arriesga a tocarnos, abrazarnos,
abrirnos, destrozarnos, y finalmente... como una aventura que nunca imaginó, leernos”.
Y no tengo más remedio que darles la razón.

Sí, yo fui una de las afortunadas que, sacando fuerzas de flaqueza, probablemente en alguna tarde de verano, casi sin planteármelo, con más calor que sueño, en alguna de aquellas siestas que la abuela nos recomendaba echar, cogí de las estanterías  un hermoso volumen rojo, donde pondría algo así como "Las aventuras de..." de algunos que luego fueron casi mis compañeros de juego, batalla, amores y guerras: Miguel Strogoff, Robinson Crusoe, o el mismo Silver de la Isla del  tesoro. O, acaso fuese Peeter Pan... Quizá los poemas de Antonio machado… No puedo recordar quién fue el primero, pero sí he volado con los libros hasta lo más alto del mundo, he navegado en tantas procelosas aguas, que casi se me juntan mi realidad con sus letras.

Los libros son esas hermosas Cajas de Pandora que, bajo sus gruesas pastas, sus hojas de presentación y título, nos conducen  por lo que queremos ser, por lo que no sabemos ser, por aquellos mundos imaginados e inimaginables que algún día, cuando de este mundo salgamos, querremos  recuperar.
            
     Algo que sí tengo para mí, es que la eternidad estará llena de vosotros, queridos y hermosos libros. la eternidad existe porque existen los libros que no podemos leer en vida.  Somos eternos, porque no podemos perdernos tanta belleza oculta en los volúmenes.

        Tengo claro que cuando parta de este mundo seguiré leyendo porque el cielo es como la Gran Biblioteca de Alejandría, donde un mosaico de laberintos, formado por cientos y cientos de publicaciones, desde el poema de Gilgamesh, papiros egipcios, libros griegos, hasta nuestra literatura más cercana, todo está allí, y es para disfrutarlo durante toda la eternidad.

Seguiría filosofando sobre vosotros, hermosos
volúmenes que ilustráis esta acogedora biblioteca; pero las normas hay que respetarlas y la bibliotecaria nos ordena salir, pues ha llegado la hora de cerrar.

-Tranquila, -le digo hablando en voz alta por primera vez desde que entré aquí-, ya me voy, pero déjame despedirme de todos estos tomos que tantas horas de mi soledad han llenado, y que he acariciado con mis manos.


Dame tiempo para prometerles que mañana y pasado y todos los días de mi vida volveré a visitarlos, acariciarlos, y en mis despedidas les mostraré mi gratitud infinita por haberme dado su saber, les diré  una y otra vez cuánto significan para mí, y finalmente les diré cómo los quiero.

domingo, 14 de mayo de 2017

15 DE MAYO, SAN ISIDRO LABRADOR

Hola a todos:


Imagen de San Isidro en la
Iglesia de Jábaga
 Hoy venimos a recordaros que se celebra la festividad de San Isidro, un hombre que le gustaba tanto el campo y la agricultura que le dieron un boli y lo sembró según se dice. Con este santo como símbolo de la agricultura, pretendo recordar los viejos tiempos, los más felices de mi vida, en que casi todo el pueblo vivía de la cosecha, pero a mano, con mulas y arado, a pleno sol o a plena lluvia, picados de tábanos y demás insectos..... Aquellos hombres sí que trabajaban duro. Hoy día ya tenemos maquinaria moderna que hace más llevadero ese duro trabajo pero no por ello debemos olvidar que hemos comido frutas y hortalizas gracias al sudor de personas como san Isidro que nos dieron el alimento.
San Isidro y al fondo Santa Teresa

Os dejo aquí la historia del santo y su mujer, también santa, una historia que ha recopilado para todos vosotros un vecino de Jábaga, Diego José Villalvilla Soria, amigo personal mío. Junto a esta bonita historia os incluyo unas fotos muy bien tomadas por lo que me han explicado (yo no puedo verlas desgraciadamente), por otra vecina de Jábaga, Estela Soria Soria, quien ha tenido la gentileza de cederlas para este blog.

Mi más sincero agradecimiento a los dos por este regalo, y también a mi gran amigo Javi que es quien cuelga todo lo que le mandemos aquí.

Un abrazo a todos y todas.




"De San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza

En esta entrada, hoy 15 de Mayo, Día de San Isidro labrador, patrón de Jábaga, revisaremos un poco de su historia. Fue  el 19 de junio de 1622, Isidro, fue canonizado por el papa Gregorio XV, junto a Santa Teresa de Jesús. Quizá fue en esa época cuando se determinó que tanto San Isidro como Santa Teresa fuesen los patronos de Jábaga. O quizá San Isidro fuese patrón con anterioridad tras el paso del Alfonso VIII por cuenca.

San Isidro Labrador (Alrededores de Madrid, hacia 1080 - Madrid, 1130) Santo español, patrono de la Villa de Madrid y de los agricultores. Aunque no se tienen demasiados datos biográficos sobre el santo, parece ser que vino al mundo en el seno de una familia humildísima, poco antes de la reconquista de Madrid, en una casa situada donde en la actualidad se halla la calle de las Aguas. Quedó huérfano muy pronto, así que el joven Isidro se buscó el sustento con trabajos como el de pocero hasta que finalmente se empleó como labrador.

Cuando Alí, rey de Marruecos, atacó Madrid en 1110, Isidro hizo como muchos otros y se trasladó a Torrelaguna, donde continuó con el mismo género de vida, dedicada al trabajo y a la oración, que había llevado hasta el momento. Fue precisamente en la parroquia de esta localidad donde contrajo matrimonio con una joven llamada María, natural de Uceda, cuya dote matrimonial fue una heredad en su pueblo natal, lo que fue causa de que los esposos se establecieran allí para trabajar las tierras por cuenta propia.

Aunque Isidro era piadoso y devoto, su esposa no le iba a la zaga a este respecto, ni tampoco en cuanto a laboriosidad, todo lo cual hizo -según la leyenda- que se granjearan la predilección de Dios, que los benefició con su ayuda innumerables veces, como cuando salvó milagrosamente a su hijo único que había caído en un profundo pozo o cuando permitió a María pasar a pie enjuto sobre el río Jarama y así librarse de los infundios de infidelidad que contra ella lanzaban las gentes.

En 1119, Isidro volvió de nuevo a Madrid, y entró a trabajar como jornalero agricultor al servicio de un tal Juan de Vargas. Estableció su morada junto a la Iglesia de San Andrés, donde oía la misa del alba todas las mañanas y, luego, atravesaba el puente de Segovia -las tierras de su patrón estaban del otro lado del Manzanares- para aprestarse al duro trabajo de roturar la tierra con el arado. Se dice de él que daba cuanto tenía a los menesterosos, y aún a las palomas hambrientas cedía las migas de pan de las que se alimentaba.

Con el correr del tiempo decidieron los esposos separarse para llevar una vida de mayor santidad; marchó así Isidro a Madrid, mientras María quedaba en Caraquiz consagrada al cuidado de la ermita, la cual barría y aseaba diariamente, al tiempo que pedía limosna para costear el aceite que alumbraba la imagen. La separación duró hasta la última enfermedad del santo, cuando María tuvo noticia por un ángel de la muerte de su marido. Corrió presta a la Villa y no se separó del lado de su esposo hasta que éste exhaló su último aliento. Luego volvió a Caraquiz y, después de unos años, también murió.

A Isidro, como pobre de solemnidad que era, se le enterró en el cementerio de la parroquia de San Andrés, en una tosca caja de madera sin cepillar. Transcurridos cuarenta años, como los prodigios de Isidro seguían corriendo de boca en boca, ante la insistencia del pueblo, se exhumó el cuerpo y se le dio sepultura en el interior del templo. Se vio entonces que, a pesar del tiempo transcurrido y de haber estado expuesto a las inclemencias meteorológicas, todavía se conservaba entero y de color tan natural como si estuviera vivo, prodigio que se ha podido comprobar en las múltiples traslaciones que de su cuerpo se han hecho.

Cuando Alfonso VIII vino a Madrid tras haber derrotado al moro en las Navas de Tolosa, ordenó que el cuerpo fuera colocado en un arca bellamente policromada con escenas de la vida de Isidro. La beatificación, pronunciada por Paulo V el 14 de junio de 1619, a instancias de Felipe III, fue acontecimiento largo tiempo esperado por el pueblo madrileño; para conmemorar el evento se celebraron grandes festejos, en el transcurso de los cuales se inauguró la plaza Mayor.

 Especial referencia merece su mujer, que era precisamente de Guadalajara, y además de la Tierra de Uceda. Bautizada como María Toribia, pasó a la Historia como Santa María de la Cabeza. María Toribia nació en la aldea de Caraquiz (entonces perteneciente al Común de Villa y Tierra de Uceda, hoy es una urbanización dentro del municipio de Uceda). Actualmente en la villa y casco urbano de Uceda viven 1.188 habitantes, mientras que en la urbanización (antes aldea medieval) de Caraquiz residen 1.416 habitantes, siendo más poblada que el propio casco ucedense. En total viven en el municipio de Uceda (casco+urbanización) 2.604 habitantes

Como decíamos, María nació en Caraquiz al filo del siglo XII, entre 1095 y 1100. Siendo joven María se trasladó a Torrelaguna (entonces también aldea del Común de Uceda) a vivir con unos parientes, y entró de sacristana en una de las iglesias de Torrelaguna. Allí conoció a Isidro, labrador en las posesiones que Don Juan de Vargas tenía en la aldea madrileña. Ambos se casaron en la Iglesia de la Magdalena de Torrelaguna, y tuvieron un hijo al que llamaron Illán, que también sería canonizado por la Iglesia siglos después. Al nacer Illán la familia se traslada a Madrid, a casa de Don Juan de Vargas (hoy museo), donde Isidro entra a servir. En esa casa es donde se produce uno de los milagros más conocidos de este matrimonio de santos: después de que el pequeño Illán que cayera a un pozo, gracias a su oración, las aguas del mismo subieron para poder rescatarle. 

Cuando Illán fue mayor de edad sus padres deciden separarse para vivir una vida más santa: María de la Cabeza regresó a Torrelaguna donde comenzó a hacer milagros mientras cuidaba la ermita de la Virgen de la Piedad de Torrelaguna (hoy en ruinas); Isidro permaneció en Madrid con Illán. Isidro murió en Madrid en 1172, a la edad de 90 años. Tras la muerte de su esposo María volvió a Uceda, donde murió a la edad de 80 años, entre 1175 y 1180. Actualmente sus restos se encuentran en la Catedral de la Almudena de Madrid.


La festividad de Santa María de la Cabeza se celebra el el 9 de Septiembre. En el callejero madrileño existen, nombrados en su honor, el paseo de Santa María de la Cabeza y la glorieta de Santa María de la Cabeza. En el Puente de Toledo, sobre el río Manzanares, hay sendas esculturas de los dos esposos"

miércoles, 1 de marzo de 2017

LECCIÓN JUSTICIERA PARA ADULTOS INSENSIBLES

El recreo se me pasó en un suspiro; teníamos media hora para almorzar, jugar, charlar, conquistar a alguna chica… Y como todo no podía ser al mismo tiempo opté por jugar un partido de fútbol, deporte que siempre me ha entusiasmado hasta el punto de posponer algunos quehaceres que, a juicio de los mayores, son mucho más importantes en la vida. 

Pero para mí no hay nada más apasionante que un partido de fútbol bien jugado, es decir, con la máxima ilusión y dedicación por parte de los jugadores y del entrenador. Y el de esta mañana ha sido tan interesante, tan entretenido, que cuando ha sonado el timbre de entrada al aula yo aún sostenía la pelota en mis manos con la esperanza de marcar el cuarto gol. 

Ni siquiera me había comido el bocadillo de jamón y queso que Luci la sirvienta me había preparado envuelto cuidadosamente en papel Albal para su mejor conservación. Lo miré con indiferencia, no tenía apetito y en clase no podía comerlo. Acabadas éstas, ya tenía en la mesa un par de platos calientes y una fruta para regalar a mi estómago, ¿qué haría pues con el bocadillo? 

Guardarlo para el día siguiente ni se me ocurriría, ¡qué asco, estaría malísimo!, dárselo a un compañero, menos todavía. Cada cual tenía el suyo; donarlo al primer mendigo que encontrara en el camino tampoco me seducía porque dice un refrán: lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie, y esto se aplica también a perros, gatos u otros animales que merodeaban por la zona, así que decidí tirarlo a un contenedor de basura. Al acercarme a él vi a un niño más o menos de mi edad, flaco como un fideo, que me escrutaba con ojos tristes.

-Si vas a tirar eso, dámelo, por favor, -me dijo casi con lágrimas.

-No puede ser, lo que no quiero para mí, no lo quiero para nadie. Si tienes hambre ven conmigo a casa y comerás lo que haya en la mesa.

El chico bajó los ojos y negó con la cabeza tratando de atrapar el bocadillo que yo lancé al contenedor.

-Eso está muy mal, -me reprochó en un lenguaje que denotaba no ser de este país-. Tú puedes permitirte tirarlos pero hay otras personas que ni siquiera pueden comprarse ese pan diariamente. Yo llevo 3 días sin probar más que un vaso de agua. Dámelo, o lo sacaré cuando tú te vayas. NO es la primera vez que lo hago.

-No me iré sin ti, de modo que calla y camina. ¿Dónde vives? ¿De dónde eres?

-Ucrania, muy lejos.

Cuando llegamos a casa, Luci intentó hacerme pasar sin mi acompañante. Mis padres estaban en viaje de negocios y nos dejaron solos. Le ordené que diera comida al chico y ella se negó rotundamente.

-NO tengo permiso de los señores, -me recriminó con altanería-, tú ya tienes el plato en la mesa pero este chico tendrá que marcharse por donde vino si no quieres llevarte una reprimenda, tú no lo conoces de nada, y si quiere comer, siempre hay restaurantes y bares donde quizá puedan darle sobras.

Al oir la palabra sobras, un golpe de sangre me subió del corazón a la garganta. ¿Qué era eso de comer sobras? ¿Ella las había comido en casa? ¡NO, jamás!, y eso que era del servicio doméstico, pero comía lo mismo que nosotros.

-¡Las sobras te las comes tú a partir de ahora mismo! –le grité indignado-; los señores no están pero está su hijo, quien dispone que le des comida a este chico, ¡co  mi  da!, ¿lo oyes? No sobras.

-Ya te he dicho que no tengo permiso. Cuando vengan tus padres se lo diré y verás qué regañina te van a echar. Y tú –gritó dirigiéndose al mendigo- sal de aquí ahora mismo o te tragas la escoba.

El niño salió corriendo, y yo tras él; ya en la esquina lo alcancé y le entregué mi hucha con los ahorros que tenía, no eran muchos pero creí que le darían para varios bocadillos. Al menos no comería sobras.

-Pásate por aquí dentro de un mes que ya estarán mis padres, les diré que eres mi amigo y seguro que no te faltará de nada.

Me abrazó con efusión y nos separamos. Una espinita se me había clavado en el corazón. ¿era justo que yo tuviera todos los caprichos que se me antojaran, que cada domingo fuera al club de deportes con “niños bien”, que pudiera ir a un prestigioso Instituto privado, que gastara ropa y calzado de marca, mientras ese pobre niño estaba comiendo inmundicias y vistiendo harapos? ¡NO, eso no era ni justo, ni lógico, ni siquiera permisible.

En el Instituto no podía comentar lo ocurrido porque mis compañeros se burlaban de mí y hacían comentarios soeces hacia los inmigrantes. 

En casa era raro el día que nos sentábamos tranquilamente padres e hijo para poder hablar, y cuando se daba la ocasión siempre salían temas como los planes para las próximas vacaciones, los suculentos beneficios de la empresa familiar o la visita que tendríamos que devolver a los señores X, que hacía tiempo nos visitaron a nosotros. 

Cada vez me disgustaba más todo este protocolo de visitas obligadas y contactos solo con gente adinerada. NO podía dejar de pensar en Andriy, aquel niño flacucho que hacía dos semanas pretendía comerse mi bocadillo después de estar dentro del contenedor de basura. NO había vuelto a verlo desde entonces y me preocupaba su situación. Permanecía en silencio sumido en mi tristeza mientras los demás niños reían por cualquier cosa. NO dormía, no comía apenas y mis padres empezaron a preocuparse seriamente, haciéndome todo tipo de preguntas que no sabía ni me atrevía a responder.

Una mañana de domingo, cuando salíamos de la Parroquia, una figurita delgada con cara pálida corrió hacia mí abrazándome efusivamente pero a la vez con temor:

-¡Andreiy, amigo, pero qué delgado estás! –grité de alegría devolviéndole el abrazo ante el asombro y cara de disgusto de mis progenitores-, ¿dónde te has metido desde que Luci te echó de casa?

Mis padres se miraron estupefactos sin entender absolutamente nada. Después sus miradas se dirigieron hacia mí retándome con sus ojos amenazadores. Seguidamente miraron con desprecio al chico, que inmediatamente retrocedió unos pasos e hizo ademán de alejarse. La ola de sangre que otrora se me había subido a la garganta ante la negativa de la sirvienta de dar comida a mi amigo, volvió otra vez a ahogarme por la forma en que mis padres afrontaban la situación. Me armé de valor y les repliqué:

-¿Porqué nos miráis así? Andeiy es mi amigo os guste o no. Y ahora que lo he reencontrado no estoy dispuesto a perderlo otra vez. De modo que…

Mi madre me tapó la boca con su mano adornada por anillos de oro; mi padre me cogió de la mano forzándome a seguirlos, pero yo grité aún más fuerte:

-¡Socorro, me hacéis daño, soltarme!

Andreiy, asustado al ver que varias personas corrían para tratar de tranquilizarnos, emprendió la huída calle abajo pero un policía lo atrapó.

Oí como le gritaba furioso.

-¡Por tu culpa; seguro que eres tú el causante de este desorden, ahora mismo vas al calabozo!

Logré desasirme de las manazas de mi padre y eché a correr tras el policía que llevaba al niño sujeto por el cuello. Y cuando lo alcancé, conté todo lo ocurrido con Luci y mi amigo, manifestando mi indignación por tanta injusticia con los pobres y más si eran
inmigrantes. Mis padres se habían unido a nosotros y habían oído mi relato. El policía pidió a Andreiy que confirmara la veracidad de la historia y el chico, avergonzado y cabizbajo afirmaba con la cabeza. La gente que pasaba por la calle se iba agolpando a nuestro alrededor al oir mis gritos cada vez más exaltado.

-No puede permitirse esta situación por más tiempo; es una vergüenza que en un país al que llamamos desarrollado, haya que ver cada día a cientos de mendigos buscando en los contenedores la comida que otros desperdiciamos o el cartón de nuestros paquetes para hacerse un techo bajo el que librarse de las inclemencias meteorológicas. ¿Acaso ellos no sienten, no ven, no oyen, no tienen las mismas necesidades de alimento, abrigo o educación que nosotros?

Todos me miraban afirmativamente pero nadie osaba hablar para darme la razón de viva voz. Ya casi sin fuerzas para seguir protestando contra esta tremenda discriminación social, miré a mi padre y me atreví a decirle:

-En casa hay sitio para Andreiy y lo sabes. Tienes dos opciones: nos lo llevamos con nosotros y das trabajo a su mamá como empleada; o me ves a mí buscando las sobras en los contenedores en compañía de esta familia.

-¡Eso sí que no; eso jamás! –protestó él casi llorando- MI hijo no comerá despojos mientras yo tenga una gota de sangre en las venas. Eres menor de edad y no puedes hacer lo que se te antoje sin nuestro permiso.

-Claro que no, ahora no puedo,  faltan todavía unos años para mi mayoría de edad, y será cuando cumpla mi palabra si antes no accedes tú a mi petición.

-No necesitamos más sirvientas, hijo; puedo aceptar que este chico se quede con nosotros pero de su madre no respondo –dijo mi padre condescendiente al fin.

-YO tengo la solución, papá, si me das permiso me encargaré de ella.

-¿Pero qué piensas tú hacer, malcriado? –vociferó mi madre al borde de una crisis nerviosa-, has sido siempre un mimado, has hecho lo que has querido, ¿qué pretendes ahora?-vamos a casa y te lo diré con calma, aquí sobra gente.

Volvimos a nuestro hogar con Andreiy que no daba crédito a lo que le ocurría; cuando vio su habitación toda llena de libros, con una cama limpia y mullida como jamás la había conocido, un escritorio donde podría hacer sus deberes, y un armario que yo iría llenando con la ropa y el calzado que me quedaba ya pequeño por estar mucho más nutrido que él. Estaba en una nube de felicidad, mientras yo redactaba un documento para luego depositarlo en el dormitorio de Luci.

“Señorita: a partir de mañana, queda usted fuera del servicio doméstico de esta casa. Las razones: Por altanería, desobediencia al señorito, falta de respeto a una visita y discriminación social. NO caben réplicas ni alegaciones. Se le entregará su último sueldo y tendrá dos días para preparar su equipaje y buscar otro destino.”.

Imité la firma de papá lo mejor que supe y llevé el papel a la mesita de la empleada. Cenamos, vimos un rato el televisor y nos acostamos todos tranquilamente.

A la mañana siguiente, las voces de mis padres y de Luci me despertaron sobresaltándome y haciendo que me tirara de la cama temblando de miedo pero decidido a aguantar el chaparrón y no ceder ante nada ni nadie que quisiera estropear mi plan.

-¿esto qué es, se puede saber qué has hecho? –inquirió mi padre con una severidad como nunca le había visto-.

-_Ésto_, papá, es una lección justiciera para adultos insensibles. _Ésto_ se lo ha ganado Luci por haber despreciado a Andreiy negándole un plato de comida. Y como supongo que se irá siquiera por no verme a mí la cara a partir de ahora, será la mamá de mi amigo quien la sustituya.

“¡Oooooh!”, fue la única respuesta unánime que oí, tras la cual, la silueta de Luci se perdió de mi vista para siempre.
  



lunes, 16 de enero de 2017

NUEVAMENTE: FELICES PASCUAS

Dicen que hasta San Antón, pascuas son; eso reza el
refrán, por lo que todavía podemos comer turrón y bebernos alguna copilla.

Y me dirijo a vosotros para recordar, precisamente, otra de las costumbres que lamentablemente ya se han perdido pero que se disfrutaron mucho en nuestro Jábaga querido: El día de San Antón, quienes tenían animales, principalmente burros o mulas, bajábamos a la ermita de San Roque, donde el Sacerdote
El párroco Ángel García Benedicto,
en la bendición de animales de 1980.En Cuenca.
Foto. José Luis Pinós.EL BLOG DE CUENCAVILA
bendecía a los animales y también unos panecillos redondos que daban y que deberían haberse comido los animales, ya que era su patrón, pero que naturalmente se los zampaban los amos.


Hoy día en el pueblo ya no se celebra San Antón, aunque como algunos sabéis, en Cuenca sí dan estos panecillos. y la gente de antaño, que solía ser
El reparto de panecillos tendrá lugar
después de la misa de las 11 horas.
Reyes Martínez LA TRIBUNA DE CUENCA.ES
supersticiosa, decían que si se guardaba todo el año un panecillo en la caja o hucha donde tuviéramos el dinero, al cabo del año veríamos aumentado lo que allí tuviéramos. Yo no creo en las supersticiones, pero os invito a experimentarlo, y más ahora que van a subir los impuestos una barbaridad....


Luego me contáis.

domingo, 8 de enero de 2017

Vuelta al mundo de los sonidos

Cuando una persona nace sin visión el sentido del que más información recibe es el oído. Nunca me importó ser ciega, pues a través de los sonidos me orientaba bastante bien y pude hacer una vida casi normal como cualquier persona sin limitaciones. Pero a mis 12 años todo cambió por completo a causa de algún medicamento que poco a poco fue minando mi nervio auditivo. Varios otorrinos diagnosticaron hipoacusia bilateral. Fue un golpe para toda mi familia y, evidentemente, para mí: tenía que dejar los estudios porque no oía a los profesores y en aquel entonces tampoco teníamos intérpretes ni profesionales dedicados a nosotros. Me era difícil integrarme en la sociedad por no poder seguir las conversaciones, en una palabra, me sentí aislada del mundo, hasta que en los años 80 alguien movió fichas en una partida que todavía hoy seguimos jugando e intentando ganar.

En la ONCE hicieron un censo de personas sordociegas, reuniéndonos un grupito reducido en Madrid para formar lo que hoy es ASOCIDE (asociación de
sordociegos españoles). Lo más gratificante fue comprobar que hay miles de personas en mi misma situación y que no por ello se han hundido. Hemos realizado convivencias, conferencias, donde entre todos hemos clamado por una sociedad más comprensiva y tolerante. La comunicación tanto entre nosotros como con el mundo exterior es la barrera más grande a la que nos enfrentamos porque dependiendo de muchos factores que van desde el momento en que adquirimos la sordoceguera hasta el grado de ésta, usamos distintos sistemas de comunicación. 

Así pues, s

e formaron profesores, guías intérpretes, mediadores, y a día de hoy aunque sabemos que queda muchísimo camino por andar, un camino lleno de estigmas, prejuicios pero también de sendas bonitas, lo cierto es que hemos avanzado mucho en recursos, educación y cultura. Mi hipoacusia y la necesidad de comunicación corrían parejas a lo largo de mi vida. Así, con entereza y dificultades he logrado acabar mis estudios primarios y adentrarme en el mundo de las tecnologías, lleno de grandes sorpresas y posibilidades para nosotros.


Con apoyo de la ONCE me introduje en la Informática y hoy puedo manejar un ordenador que, a través de una línea Braille y con el lector de pantalla llamado Jaws me permite acceder a la prensa, chatear por Skype, utilizar correo electrónico, etc.. Una vez diagnosticada mi hipoacusia, me vi cada vez más obligada a usar el tacto, tercer sentido más importante para las personas que no ven ni oyen. Mi mundo está en mis manos, en mis dedos.

Según pasaban los años, fui necesitando audífonos de mayor potencia, hasta el punto de que hace un año ya no percibía los sonidos agudos, había olvidado el canto de las aves que tanto me cautivó siempre, o el tictac de un reloj. ¿Qué iba a pasar dentro de 5 años más? ¿Acabaría sin oír absolutamente nada? Esto me aterraba, sin ver ni oír mi día y mi noche serían una misma cosa… En la consulta del doctor Denia Lafuente, me atienden desde hace unos 30 años con visitas anuales completas y un trato extraordinario. El doctor y su audioprotesista Nadia debieron pensar lo mismo que yo y desde hacía 4 años me sugerían el implante coclear. Yo había presenciado dos casos en que éste fracasó y no me seducía para nada la idea por más que me aseguraban que las tecnologías habían avanzado mucho desde aquellos años en que mis compañeros se implantaron. Les fui dando largas pero ellos no cejaron en su empeño.

Y en 2014, justo el día en que cumplí 51 años, ya no me perdonaron ni uno de mis argumentos en contra del implante. Casi me imponían hacérmelo, algo que me ponía tensa y sentía ganas de decirles que ya no volvería a su consulta. Pero en casa reflexionando veía que solo querían mi bien, pues a ellos nada les suponía mi negativa o mi disposición a la cirugía. Me sentí desconcertada, indecisa. Mi familia y amigos eran dispares en sus opiniones y esto aún me desorientaba más. El doctor Denia ya había colmado el límite de su paciencia, y sin más dilaciones me derivó al equipo de especialistas en implantes del hospital Ramón y Cajal. También dentro de este equipo las opiniones eran distintas: mientras unos me aconsejaban implantar el oído izquierdo por donde sí oía pero no entendía nada, otros se decantaban por el derecho, pues por él sí entendía y decían que el rendimiento sería mayor. Las pruebas a las que me sometieron me clasificaron como apta para el implante. El equipo médico me animaba a ello, mientras que Yo no lo tenía tan claro pero sabía que era el último recurso para no quedarme sorda completamente. Así, el último día de consulta antes de ir al quirófano, el doctor Polo me pidió tomar una decisión, y en caso afirmativo firmar el consentimiento para operarme. Llena de dudas y miedo, en un arranque de valor decidí dar el paso, y el 16 de Octubre del año pasado a las 7 de la mañana ingresé en la unidad de implantes cocleares de ese hospital acompañada por mi hermana presente en todo este reto, a la que horas después se unió también una de nuestras tías.

La habitación era individual y más parecía la de un hotel que la de una clínica, con todas las comodidades que se puedan pedir. Cuando toqué el trozo de cabellera que me habían rasurado para colocar el dispositivo, el pánico se debió reflejar en mi cara, provocando la carcajada de mi hermana y del peluquero; no podía imaginar ese trozo totalmente calvo y además en sitio tan visible…. A las 12 de aquella hermosa mañana, mientras yo permanecía bajo los efectos de la anestesia, los doctores Polo, Vaca, Molina, Pérez y la logopeda Auxi me devolvían la vuelta al mundo de los sonidos, las ganas de vivir, pero yo no lo comprobaría hasta un mes después cuando me conectaran el dispositivo externo al interno. Recibí el alta al día siguiente, a la semana, me quitaron todos los puntos y me dejaron el oído izquierdo –el implantado- incomunicado, lo pasé mal porque con mi audífono no alcanzaba apenas a entender a la gente pero no había otra que aguantar un mes hasta que pudieran conectarme el implante, ya que la parte interna se comunica con la externa por un imán.

El 11 de Noviembre fue el gran día: ni por casualidad esperaba nadie que desde el primer instante pudiera yo entender palabra; nos equivocamos. La primera palabra que mi implante captó fue el saludo de Auxi, al que yo respondí inmediatamente, Llenas de emoción las dos, ella corrió a llamar a mi hermana que esperaba en la sala. Seguramente tan nerviosa como nosotras. Su "Hola, son Mari Carmen" fue captado por mí nítidamente; aún hoy, mientras escribo este relato, corren lágrimas de gratitud y emoción hacia ella y el equipo médico que realizó este milagro. Al ver que las entendía, mi hermana y la logopeda no sabían dónde poner los ojos, aquella experiencia jamás la olvidaremos ninguna de las tres, supongo. Con los hombres lo pasé mal los primeros días, ya que sus voces las percibía afeminadas y en más de una ocasión creí que quien me hablaba era mujer.

LOGOPEDAS NO FALTARON

Además de la inconmensurable Auxi, logopeda del Hospital y que todavía hoy me atiende, no me faltaron voluntarios que me dedicaron muchas horas de su tiempo para practicar incluso por Skype. Amigos y familiares, han sido fundamentales en mi rehabilitación dedicando muchas horas de su tiempo a hablarme para practicar y desarrollar la audición, ¡cuántas gracias tengo que dar
a todos! Es imposible describir la ayuda recibida aun empleando todas las palabras de los diccionarios.

Hoy día, ya puedo entender prácticamente a toda la familia, conversar por teléfono y lo mejor es que oigo sonidos que hace medio año era impensable oírlos. Parecía tan difícil... y se hizo la luz, no la luz no. Era casi más íntimo, más dentro de mi piel y de mis venas. La oscuridad de mi oído dio paso a los sonidos, ¿acaso de esos grajos a los que tanto tiempo hace que añoro su canto?... Disfruto muchísimo al abrir mi ventana y escuchar de nuevo a los grillos, el tictac del reloj, la música que me gusta y que antaño escuchaba con dificultad… Por supuesto, sigo siendo hipo acústica, pero ahora, bromeando, digo que soy más atrayente. Porque nunca he sido agraciada pero tras el implante digo que lo soy: físicamente porque al llevar imanes atraigo más, y también por la curiosidad de ver el dispositivo y probar si los entiendo se me acerca mucha más gente que antes. Y moralmente, porque he sido agraciada con un  premio gordo: ¡la vuelta al mundo de los sonidos!

A partir de ahora, cuando se ha cumplido un año desde aquel inolvidable 16 de Octubre, mi mente solo se ve ocupada por un reto más: implantarme el oído derecho cuanto antes y con el mismo equipo. Es mi única ilusión, ¿la podré llevar a cabo?

jueves, 5 de enero de 2017

Homenaje a Luis Braille

Hoy día 4 de Enero es un día súper importante para los ciegos que todavía usamos el sistema Braille. Su inventor y padre nació tal día como hoy hace ya dos siglos. Quiero pues rendirle a Louis Braille mi más sincero tributo porque sin él, yo sería ahora mismo analfabeta a mis 53 años.

“La alfabetización Braille cambia mi estilo de vida”

             Hasta mis nueve años, yo era totalmente analfabeta; asistía con los niños videntes a la escuela de mi pueblo, pero no tenía ni idea de lo que era leer o escribir, porque yo era ciega y no podía hacerlo como ellos.


            Mis compañeros me leían las lecciones y yo las aprendía de memoria para luego recitárselas a la maestra, sin apenas saber qué era lo que realmente le decía.

            Cuando se trataba de hacer un dictado, los otros niños podían hacerlo escribiendo en sus cuadernos y borrando los errores que pudieran tener. Yo, en cambio, me veía sujeta a un interrogatorio por parte de mi profesora para descubrirle oralmente las faltas de ortografía que, de haber podido escribir con mi puño y letra, hubiera cometido en dicho dictado, sin tener opción de rectificar nada, sin poder borrar ningún error, porque nada había escrito...

¡Eso no era ir a la escuela!, me aburría terriblemente mientras los demás escribían o dibujaban. Envidiaba poder hacerlo como ellos y algunas veces mi madre me daba una cartera en la que guardaba un lapicero, un sacapuntas, una goma de borrar que no me servía de nada porque no veía lo que borraba... y algunas hojas de papel.

Pero jamás fui capaz de hacer una letra, lo más que lograba era llenar esa hoja de garabatos y “rayujos”, como les llamaban mis compañeros a mis pobres escritos. Otras veces, le arrebataba a alguna niña su libro de lecturas y yo me inventaba cualquier cuento, que ya antes había oído a mi abuela o a alguna vecina, simulando leerlo en ese libro. ¡Pero no, no me sentía bien, aquello no podía durar mucho tiempo, porque yo no le veía gracia alguna!

            Mi primer contacto con el sistema Braille me causó una tremenda confusión. Inesperadamente, un día mis padres me hicieron tocar con los dedos “un cartón que, por el anverso, estaba lleno de agujeros y, por el reverso, de una especie de granitos” o “pinchos!.
Lo que no recuerdo es cómo ni por qué cauce llegó a sus manos. Sólo me dijeron que “ese papel era lo que usaban los ciegos para leer”. Como no me había inscrito todavía en ningún centro especializado para ciegos y mis padres no me supieron decir qué significaba aquel cartón agujereado, a mí sólo se me ocurrió coger un alfiler de cabecilla y un papel grueso y pinchar y pinchar, tratando de hacer una réplica o simulacro de aquello. Pero no, eso no era igual que lo que me enseñaron mis padres en otro momento. Por más cuidado que ponía en ello, nunca lograba formar más letras que la A, las demás nunca tenían la misma forma que las del cartón.

            Pasados unos meses, ya pude ir a un colegio de niñas ciegas de Valencia y allí fue donde me dijeron que aquél cartón con agujeritos y granos sería, desde ese momento, el alfabeto con las letras del sistema Braille, un alfabeto diseñado para nosotros, los ciegos, y por el que yo tendría acceso a la lectoescritura y, por lo tanto, a mi formación y cultura.


            Aquella salida del analfabetismo me hizo comprender desde entonces que ya sería igual que el resto de niños con los que antes fui a la escuela, que ya podría escribir y leer como los videntes, solo que con otras técnicas y con otro sistema distinto al suyo. Ahora ya no me aburriría en la clase, porque ya tenía un método para escribir y leer las mismas lecciones que leían los demás niños. Me entusiasmó sobremanera este nuevo reto.

            Primero con pauta y punzón (pizarra y lezna llamaban entonces los de mi pueblo a estos instrumentos), luego con máquina Perkins y ahora con ordenador, he ido dominando este sistema hasta llegar casi a la perfección. He sido instructora de Braille en la Agencia de la ONCE de Cuenca y posteriormente me dediqué, durante una corta temporada, a transcribir libros deteriorados y pasarlos a limpio para la entonces Biblioteca Central Braille de la Entidad en
Madrid.

            Actualmente puedo decir que el sistema de lectoescritura Braille es lo básico, lo esencial en mi vida cotidiana, y que me acompaña las 24 horas del día. Sin el maravilloso invento de Louis Braille, yo no habría sido nada ni nadie en esta vida.

             Puedo saber la hora en mi reloj, porque su esfera está marcada en Braille; la temperatura ambiente o de mi cuerpo con el termómetro, la del  horno de la cocina... Tengo acceso al ordenador gracias a la línea Braille de mi Braillelite..., todos los instrumentos antes mencionados están marcados con el sistema Braille. También tengo libros de texto que me amenizan los muchos ratos de ocio y de soledad... Puedo hacer cálculos matemáticos con una caja de aritmética, que tiene una especie de fichas y éstas, a su vez, llevan por una cara los números de los videntes del 1 al 0 y los signos de cálculo matemático y, por la otra cara, llevan dichos números en sistema Braille.

            Debido a mi dificultad para comunicarme con los demás en sitios ruidosos, he adquirido también unas placas con el alfabeto Braille y, así, puedo entenderme con cualquiera que sepa leer y escribir, cogiéndome el dedo índice y señalándome las letras del mensaje que quieren transmitirme y que mi oído no capta en ese momento. Las tarjetas para pedir ayuda en la vía pública están también señalizadas con este sistema, para que yo sepa en cada momento qué tipo de
ayuda puedo pedir levantando esa tarjeta a la altura de mi hombro. Puede ser ayuda para cruzar una calle, para que me acompañen a la parada de autobús más cercana, para preguntar dónde estoy ubicada en ese momento... Todas y cada una de las tarjetas incluyen el mensaje de petición en tinta y en Braille.



Mi baraja, mi parchís, las cartas del tarot me permiten jugar con los videntes con sólo tocar los números en Braille, cosa que ha causado admiración y a veces desconcierto entre los jugadores con visión perfecta, pues no se explicaban cómo, de vez en cuándo, podía hacerles alguna trampilla en el juego sin que se dieran cuenta.

            Debo decir que, además de ser ciega, soy también sorda parcial y no me es posible manejar los aparatos mediante el sintetizador de voz, por lo que el sistema Braille es de todo punto mi única salida al mundo exterior y casi mi único contacto con la sociedad. Mi vida, pues, gira en torno a este sistema.


     ¡Bendito sea Louis Braille por habernos salvado a muchos del aislamiento total o parcial causado por unas limitaciones tan serias como la ceguera y la sordoceguera.

Fdo.: María Jesús Cañamares Muñoz.